El olor de las almas en pena

 

El sitio estaba escondido, lo encontré por casualidad. La puerta hizo un chirrido espeluznante al abrirse, y un aroma a café recién hecho penetró mi nariz, también hubo otro olor que me envolvió, pero que no pude identificar. Adentro, la luz era tenue, las paredes estaban cubiertas de relojes de todos los tipos, y ninguno marcaba la misma hora. 

Las mesas eran en madera, todas redondas y cojas, supe que eran cojas incluso antes de sentarme, busqué una que a simple vista me pareció menos coja que las demás. Se me acercó un mesero, reflejaba el cansancio en su mirada, las cuencas de los ojos parecían profundas y oscuras fosas destinadas a quedarse con toda la atención de la cara, pero me resultó bastante amable y particular, sentí empatía por él no más al verlo detenidamente. 


—Bienvenido —dijo sonriendo con familiaridad, no me pasó la carta ni ningún menú —. ¿Qué tomará? – por la naturaleza de su expresión supuse que me había confundido con algún cliente regular.


—Un café, por favor —respondí, aunque no estaba seguro de querer beberlo. Le devolví la sonrisa y le di las gracias 

Mientras esperaba, observé primero el lugar, cuya decoración de relojes me resultaba inquietante y melancólica,  luego  a los otros clientes. Una mujer joven, que  mantenía sus ojos fijos en una taza vacía, parecía estar esperando también, entonces  imaginé que no eran muy eficaces con la rapidez del servicio. Un hombre mayor, en la  esquina, escribía en un cuaderno con urgencia, su ritmo angustioso me hizo pensar que en cualquier momento se desplomaría, como si su tiempo en vida estuviera a punto de acabarse . Y en la mesa del lado, una niña jugaba con su muñeca rota, los  ojos le brillaban con tanta  tristeza que no correspondían a su edad,  comencé a inquietarme por el paradero de sus padres. 

El mesero regresó con mi café, y con una sonrisa excéntrica, los ojos  le resplandecían en la sabiduría de lo que para mí era desconocido.
—Este es un lugar especial —dijo, anticipando  mis sensaciones—. Yo mismo lo decoré, me gustan los relojes, estoy obsesionado con el tiempo – carcajeo  orgulloso mientras fijaba la mirada en las paredes,  continúo sin dejarme responder nada –  Aquí  solo  vienen las almas que tienen algo pendiente antes de partir. Pero no cualquier cosa, no, no, algo que les quema por dentro, algo que no pueden dejar ir. 

—¿Almas? —pregunté, incómodo, y un poco curioso por su tono teatral.
—!Oh, sí,sí sí, almas¡ —respondió, y giró sobre sus talones señalando a la mujer joven—. Ella  espera, y espera, y  espera , quedó con su mamá para tomar café – dijo con cara triste, luego se acercó a susurrar – pero no alcanzaron, entonces está  esperando que ella venga también.

—¿Y él? —pregunté, señalando al hombre mayor.
—¡Ah él!- comenzó a reír  con carcajadas tímidas – Escribió una carta de amor pero  nunca la  envió. Ahora pasa el tiempo escribiendo palabras que se le escapan, una y otra vez, y siempre se le escapan. – sonrió con pesar mientras negaba con la cabeza 

—¿Y la niña?
—La niña, bueno, es una niña… ¿sabes? Los niños siempre quieren arreglar cosas, pero algunas cosas no se arreglan, no, no, no. Y eso es lo más triste, ¿no crees? ,  quiere que mamá le arreglé su muñeca. Pero eso nunca va a suceder, no, no, no , entonces puede que jamás se vaya de aquí o que en algún momento lo entienda -hizo un gesto interrogativo con sus brazos –  no sé, la verdad no hablo mucho con ella 

Me quedé en silencio, mirando mi café.
—¿Y yo? —pregunté finalmente—. ¿Por qué estoy aquí?

El mesero río de nuevo, esta vez con más fuerza que antes -ay, perdón, me deje llevar . Eso lo sabrás cuando estés listo.

De repente, tuve un débil recuerdo, había agua y un olor fétido, no quise seguir recordando  —¿Estoy muerto? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

El mesero asintió con el mismo gesto que tenía cuando miró la niña. —Muerto, vivo, ¿qué más da? —dijo, encogiéndose de hombros—. Lo importante es lo que haces con el tiempo que tienes. Y tú, amigo, tienes algo pendiente y tiempo de sobra.

Miré a mi alrededor. La mujer joven seguía esperando, el hombre mayor seguía escribiendo, y la niña seguía jugando. Y yo, con mi café frío en las manos, me sigo preguntando, ¿qué era lo que necesitaba hacer?,  ya me acostumbré un poco al chirrido de la puerta cada vez que alguien entra y al olor de las almas en pena.

“¿sabes? Los niños siempre quieren arreglar cosas, pero algunas cosas no se arreglan, no, no, no. Y eso es lo más triste, ¿no crees?”

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