El Funeral

Llevaba años con la costumbre, Álvaro recorría la ciudad con un traje negro, y la expresión afligida, su práctica, ya rutinaria, consistía en introducirse de infiltrado a las despedidas terrenales de los otros, caminaba por las diferentes funerarias, si tenía suerte encontraba alguna iglesia adornada con crespones negros, y de vez en cuando incluso se adelantaba el protocolo e iba directamente a los cementerios. Según cómo se sintiera cómodo, y cómo exigiera su locura. Pero se mezclaba entre los dolientes, y luego se convertía en uno de ellos, podía hacerse pasar por un primo lejano, o un viejo compañero de universidad, algún vecino discreto, e incluso en una ocasión por amante homosexual.

Al principio fue curiosidad. Luego, una necesidad mórbida. Los funerales le permitían algo que ninguna otra reunión: autenticidad. Todos, a su modo particular eran diferentes, aunque a simple vista iguales, él se fijaba en las cosas que nadie veía; los invitados, los cuchicheos, los detalles más singulares le permitían divisar en su cabeza la vida del finado. Después de estar un par de minutos dentro podía deducir si el muerto había sido bueno o malo, feliz o infeliz, e incluso si al morir había cargado muchas culpas.

-Si el ataúd pesa mucho, el muerto tiene muchas culpas encima y su alma no va a descansar- contó – Una vez asistí al velorio de un señor llamado Horacio, Horacio Penagos, podía verse desde la ventanilla del cajón que el hombre medía poco más de metro y medio quizá haya sido el difunto más diminuto que vi, pero su cajón pesaba lo que podía pesar el de un tipo infartado por obesidad, al principio habían cuatro cargándolo, pero resultamos siendo diez, y aún nos costaba, yo en ese me hice pasar por un amigo de infancia, el hombre era tan imponente en vida que todos me guardaban mucho respeto aún sin conocerme. Pero lo único que escuché entre los demás eran las maldades que había hecho, tantas y tantas atrocidades que me cuestioné si acaso no había asistido antes a un funeral de alguien que él hubiese mandado fuera de este plano terrenal. Cuando su funeral terminó me sentí tan agotado y desgastado que me tomé un mes sin asistir de nuevo a otro, de hecho, soñé con él en más de una ocasión y me impactó tanto que escribí un pequeño párrafo de lo que había escuchado –Las atrocidades de don Horacio –  mi intención era exponer todas las atrocidades, pero cuando había contado la primera me supo mal seguir contando-

Una tarde, en un entierro en el cementerio central, alguien lo tomó del brazo. Una mujer con los ojos hinchados, que no más al verlo le dijo – Lo estábamos esperando-

Álvaro sonrió. Por primera vez, supo que quizás no estaba sólo en su bonita costumbre. O tal vez, por fin, lo estaban enterrando a él.

 

 

    Las atrocidades de Don Horacio 

 

Él único amigo que le conocieron fue su perro Lucas, Lucas Van Halen. Cuando le preguntaban ¿por qué Van Halen? Él contestaba -Pues porque me da la gana, ¿le molesta acaso que se llame Van Halen, no pueden los perros tener apellido? – y sonreía con ironía. Al señor Horacio no le importaba nada más que él y Van Halen. Cualquier cosa alrededor le interesaba menos, a dónde fuera se hablaba de lo que él decía, si dos personas hablaban entre ellas Don Horacio interrumpía la conversación cambiando el tema con imponencia y todos entendían que se debía hablar de otra cosa, o que estaba prohibida la comunicación entre los demás en su presencia.

No sabía hacer nada de lo básico y necesario para sobrevivir, cocinaba más bien feo, y lavaba peor todavía, pero poseía el poder suficiente para que le cocinaran los mejores chefs, y le lavaran las manos más delicadas. Le gustaba poseer, poseer el control, poseer el poder, poseer personas. Ayudaba y aunque no pedía nada a cambio, se hacía un acuerdo tácito entre su buena voluntad y quien la recibía, el beneficiado en cuestión se convertía en una posesión más de Don Horacio, y se encargaba entonces de hacer las más escabrosas tareas en su nombre y culparse a sí mismo si acaso era sorprendido en fragancia. Supe, por medio de uno de sus poseídos que una vez tuvo que asesinar y humillar el cadáver de una anciana octogenaria, sólo porque Don Horacio le había dado trabajo y lo invitaba a almorzar todos los días, en una de esas invitaciones le dijo

– ¿Usted sabe quién es la vieja Leonor Leiva? – preguntó alzando una ceja

– ¿La viejita de la casa de arriba? – contestó el sujeto señalando la loma que se veía por la ventana

-Sí – contestó Don Horacio – ¿Por qué no va y la mata?

-No era posible negarse, y tampoco indagar el porqué, de ahí en adelante sólo se debía hablar del cómo- me contó el hombre

La señora Leonor Leiva era su prima en segundo grado, y ante la negativa de la vieja para venderle su casa, él tomo la decisión de reclamarla en herencia. No sin antes asegurarse que su cadáver fuera ultrajado de todas las formas. El perpetrador, un joven que me contó la historia en el funeral de Don Horacio porque creía que yo era un viejo conocido, se colgó un mes más tarde después de matar a su pareja sentimental. Como es habitual en mí, también asistí a su funeral, me sorprendió que incluso con lo que hizo y contó que había hecho su féretro no pesaba tanto como el de Don Horacio.

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