Two of Us (La nueva manera de conectar)

Al principio fue sólo otra red social, -la nueva manera de conectar-, un eslogan romántico y trivial, yo me enteré tarde de su existencia, cómo suelo hacerlo con cualquier fenómeno social, pero luego se hizo imposible no ser parte de todo. La primera persona que me habló de eso fue mi hermana, Ana, ella  siempre se enteraba de cualquier cosa que pasaba en internet. 

-¿Te acuerdas cuando Inés, la vieja chismosa que vivía frente a mis abuelos, se quedó desnuda por fuera de la casa? – Entonces Inés era una señora sesentona con el cuerpo escurrido y circunflejo, , y yo tenía seis años, por lo que me resultaba difícil de olvidar, y más bien  tedioso de recordar.

-Claro, ¿A quién se le puede olvidar esa escena? – reí 

-¿Por qué se quedó por fuera?  – preguntó Ana, como si creyera que yo tenía la respuesta 

-Por la misma razón que salió desnuda a la calle…- le contesté encogiendome de hombros 

-¿Cuál? – insistió con esos ojos acostumbrados a buscar respuestas dónde no las hay 

-Ni puta idea – reí –  me atrevería a decir que es un porcentaje muy bajo de personas en el mundo quienes han vivido algo similar 

-Siempre he querido entender, ¿qué fue lo que pasó? – dijo mi hermana – me gustaría ser Inés sólo para saber qué ocurrió ese día , pero sólo para eso después volvería a ser yo, o bueno si pudiera ser cualquier persona tal vez escogería Adele – se rió tan fuerte que terminó tosiendo y sonó una flema que debió llevar días alojada en su garganta , el sonido me contagió la risa – Hay una nueva red social se llama -Nexus- – dijo cuando recobró la postura –  es loquísimo todo, uno puede subir recuerdos, yo creo que si la vieja Inés subiera su recuerdo se haría viral – volvió a reír 

-¿qué? – contesté con asombro – ¿subir recuerdos? 

-Sí, sí, muy surrealista todo, te la descargas, te registras, escaneas tu ojo, y le das subir recuerdo. Luego recuerdas lo que quieres subir, y  te vuelve a pedir escanear el ojo mientras lo haces, cuando repites el escaneo y termina de procesar  tu recuerdo se sube en formato de video, luego lo compartes a quien quieres que lo vea, tu decides qué recuerdos quieres que sean públicos y cuáles no 

-Ana eso no puede ser real   – le repliqué – ¿ya lo has puesto a prueba? 

-No – me contestó. Esa misma tarde envió un vínculo de Nexus, al abrirlo vi un video en primera persona desde su perspectiva, me miraba a mí  corriendo, estábamos  frente al jardin de mis abuelos, y veíamos con asombro  a la vieja Inés desnuda tratando de entrar en  su casa, de fondo se escuchaban risas, y distinguí cuando bajó su mirada  las  botas de caucho rosa que llevaba ella,   las mías eran  verde oliva, éramos niños pequeños, papá nos llamaba a gritos -entren entren – , y nosotros huíamos a su llamado sólo por estar contemplando la escena. Para evitar nuestro morbo Mamá nos apartó de ahí y nos hizo correr hacia el parque, se veía tan joven y tan parecida a Ana que no la recordaba de ese modo. Vi el recuerdo unas diez veces seguidas, y luego lloré. Sonreí y le envíe un mensaje  -Lloré, este mundo se ha vuelto un lugar increíble y absurdo – 

Descargué Nexus después de secarme las lágrimas que el recuerdo de Ana me arrancó. Pasé la primera semana dudando, aunque, si soy honesto, desde el principio supe que quería utilizarla. Lo que me detuvo fue descubrir que solo permitía tres recuerdos gratuitos. Después de eso, se debía  pagar una tarifa semanal, bastante significativa para mi entonces precaria situación económica. No me sorprendió; una invención así no puede ser gratuita en un mundo como este. 

Mi duda estaba en que no sabía que quería recordar. Solo tres recuerdos, tres momentos que sirvieran  cómo bastón para cuando el mundo me resultara gris , pensé que uno de esos tres recuerdos debía compartirlo con Ana, por lo que tendría que ser algo juntos, los otros dos, serían para mí y sólo para verlos cuando los problemas derivados de mi situación  parecieran demasiado difíciles de soportar.  Decidí que el primer recuerdo que tendría sería el de mis primeros pasos, dude sobre  si era posible hacerlo con un recuerdo que no  recordara, pero no más el ver algo que creía enterrado en la memoria alentaba mi curiosidad, lo  intenté,el proceso no tomó más de cinco minutos, escaneé mi ojo y dije para mi subconsciente -primeros pasos- luego  apareció un video de tres minutos. El mundo grabado  desde la altura de un bebé, yo era ese bebé,  los primeros segundos del video permanecí estático, luego inicié un tambaleo lento en dirección a  papá, se veía muy joven pero mucho más robusto y con un bigote,  esperaba con los brazos abiertos, lo abracé con esa fuerza torpe de quien apenas descubre cómo mover sus extremidades, y luego me empujó suavemente hacia mamá, ella me recibió con una sonrisa que ahora, tantos años después, me parte el corazón. Tropecé un par de veces, pero siempre hubo manos atranpandome  antes de caer, así ocurría durante todo el video, iba de un lado al otro. De pronto fui consciente de la cantidad de lágrimas que iba a derramar, un recuperador de recuerdos es en esencia una fábrica de lágrimas, cualquiera por feliz que fuera traía consigo el peso de lo perdido. 

Una semana después de que generé mi primer video en Nexus, la aplicación ya era un fenómeno social.  Apareció  en las noticias de los canales nacionales, lo que significaba que,  de repente dejaba de ser una curiosidad tecnológica y pasaba a convertirse en  un elemento más de la conciencia colectiva entre las ancianas pensionadas. La señora Ester, mi casera, una anciana de setenta y tantos, dueña de un patrimonio considerable y con un nombre respetado en las facultades de arte, puso un estado que decía –mi primer óleo–  el video mostraba una mano joven pero temblorosa,  que agarraba con firmeza un pincel, creaba en sutiles movimientos disparejos, casi torpes,  un  paisaje lánguido y somnoliento. En la descripción, Ester escribió: – hoy en día he hecho más de cuatrocientos, y puedo decirle a aquella niña que lo ha logrado– , la señora Ester era la muestra general de lo que fueron las publicaciones desde ese día en adelante, un torrente de memorias que fluían sin control, como si el pasado hubiera decidido volver.  Los usuarios de  Nexus se multiplicaron. Cada recuerdo era una ventana a un momento perdido que la tecnología nos hacía el divino favor de recuperar.

Todo estaba lleno de recuerdos ajenos, confesiones íntimas que, de repente, se volvían públicas. Comencé a entender lo que mi hermana vio desde el principio: el potencial de la vieja Inés para hacerse viral. Los fenómenos de internet ya no eran otra cosa , sino recuerdos vividos por gente común. “El día que nos asustaron en la finca”, “La noche que hubo una balacera”, “Cuando nos perdimos en el bosque”, “El día que nos atracaron saliendo del colegio”. Pero no se detuvo ahí. Pronto, la plataforma se convirtió en algo más que un archivo de nostalgias. Las denuncias públicas comenzaron a aparecer, y se convirtió también en  el mejor modo de buscar material probatorio: “Esta persona me acosó en el transporte público”, “El profesor que se me insinuó en sexto semestre”, “La tarde que mis ‘amigos’ abusaron de mí”.  Nexus no tenía filtros ni sensibilidad; era un espejo crudo de la realidad, sin editar, sin censura. se creaban cuentas anónimas. Gente que subía recuerdos perturbadores, videos gore que llevaban años grabados en sus retinas, como si quisieran deshacerse de sus traumas  compartiéndolos con el mundo.

La verdad es que, aun  consciente del fenómeno, me mantuve al margen. Solo había utilizado un recuerdo gratuito, y todavía no estaba seguro sobre cuáles serían los otros. Mirándolo en retrospectiva,  era lógico que cualquier persona pagara por el servicio, pero yo, al no tener nada estable y ser tan propenso a la melancolía, no lo consideré bueno  para mi bienestar. El mundo estaba completamente revolucionado por la invención y yo todavía vivía como en los tiempos de instagram. 

Ana, sin embargo, se convirtió en una suerte de influencer de la plataforma. Tenía una insignia en su perfil que decía  -Ana.tar. es usuario fundador- .Los usuarios fundadores eran aquellos que llevaban en Nexus desde la primera semana de lanzamiento y cuyo enlace de descarga y referido se había compartido miles de veces., Ella para mi, era una visionaría. Nexus comenzó a pagar por comisión ante descargas y suscripciones y Ana vivía tranquilamente solo de la plataforma.  Nada en su situación se parecía a la que tenía el primer día que me habló al respecto. Ahora conducía un carro muy bonito y solía aparecer por ahí en internet con facilidad. Para ser honesto, sentí  una especie  de tristeza por ella, parecía despojada de toda humanidad y  convertida  en producto, pero se veía cómoda en su realidad, por lo que no le daba muchas vueltas al asunto.  Sin embargo, evitaba entrar a su perfil,  me daba más vergüenza, estaba lleno de recuerdos y sus recuerdos llenos de visualizaciones, una vez incluso en el bus, una persona se acercó a mí para pedir una foto, le pregunté a qué se debía su petición, y contestó -eres el hermanito de Ana.tar, te queremos tanto – 

Mamá ya era una anciana, frágil y dramática. Cuando digo frágil, me refiero a la fragilidad misma en todos sus sentidos:  no sólo el físico, sino también el emocional. A menudo se entristecía  si creía que la distancia se convertía en una senda intransitable entre sus hijos. Y Ana, estaba al borde de caer en esa senda, lo que tenía a mi madre bastante abrumada y deprimida.

 Entonces tuve el impulso de utilizar mi segundo recuerdo. Me vino a la mente un día en la playa, estábamos Ana,  mamá, papá y yo.  Mis padres alquilaron  una choza edificada en castañuela, que crujía como si se fuera a precipitar con la fuerza de la brisa., se veían muy enamorados, Ana solía tener una debilidad hacia papá, cuando él murió ella estuvo errática y envuelta en su alud de tristeza durante casi un año.

El recuerdo de la playa me pareció una gran manera de reconectar a Ana con mamá, y a mamá con el mundo. Allí papá besaba a mamá, y luego se acercaba  a Ana, estrujandole  las mejillas con un gesto más brusco  que tierno, pero igualmente dulce,  después hacía lo mismo conmigo, y contaba   un chiste sobre una vez que intentó llevarse un litro de agua de mar para la casa. Fue una anécdota intrascendente, sin desenlace ni sentido, como todas las de papá, cuando se dio cuenta que atravesó fugazmente nuestros oídos sin repercusión le preguntó a mamá  -Mi amor, ¿puedo llevarme una botella con agua del mar?-  Ana se comenzó a reír,  mamá lo miró con cara de desespero antes de responder  -¿Para qué, para tomarsela como todas las botellas que lleva? – , Ana  rió de nuevo, y  papá  miró al horizonte decepcionado, su vergüenza nos causó gracia.   Luego, tomó a mamá de la mano y la arrastró hacia la playa. Nos fuimos tras ellos, chapoteando en todas las direcciones, mientras el sol se ponía en el horizonte y el sonido de las olas se perdía entre los gritos de nuestra infancia. 

 

 

Acompañé el video con un mensaje para Ana: “Éramos felices, y no lo sabíamos.” Para mamá, escribí algo más directo: “¿Extrañas a papá?”

La respuesta de mamá llegó a los diez minutos: “A veces me hace falta.” Me gusta creer que quiso decir “Lo extraño a diario”, pero mamá nunca fue de muchas palabras. Sus frases cortas solían camuflar las emociones, como si fueran algo que debía guardarse en un cajón, lejos de miradas indiscretas.

Ana, por su parte, tardó tres días en responder. Cuando finalmente lo hizo, su mensaje fue breve y distante: “Qué bonitos recuerdos.” No repliqué nada. No hubo nada que decir. En lugar de eso, le escribí: “Llama a mamá. Se siente mal por tu ausencia.” No contestó.

Unos meses después, Nexus se convirtió  en la red social más utilizada, actualizaron  sus políticas y bajaron  los  precios, pero no por eso hice uso de mi tercer recuerdo, ni adquirí un plan, seguía pareciéndome un lujo lejos de mis posibilidades.

 Tomaba café frente al bulevar de Granada, tratando de escribir un artículo sobre la vulnerabilidad de las emociones, con la esperanza de presentarlo a una convocatoria que ofrecía empleo al mejor texto, para mi en ese punto de la vida un empleo representaba un premio más significativo que una lotería. Recibí una notificación de Nexus, miré apresurado esperando que fuera Ana, pero en su lugar hubo  una solicitud de un usuario llamado  –JavierM89- . La foto de perfil daba la impresión de haber sido tomada en los noventa,  entre el desenfoque del lente y el ruido de la imagen,  distinguí a un viejo amigo con el que solía embriagarme y perder el tiempo en la adolescencia mientras jugábamos a tener una banda de rock, acepté la solicitud. 

Al cabo de unos minutos recibí un recuerdo “El día que tocamos Two of Us”. Habíamos hecho un cover de aquella canción de los Beatles,  durante muchos años hablamos sobre lo bello que nos salió y cómo no teníamos ni una sola grabación. Al ver el video sonreí y noté que la belleza siempre estuvo en nuestra imaginación, como cualquier cosa que el paso del tiempo acaba idealizando. Pasé unos minutos explorando el perfil de Javier, tenía casi la misma actividad en Nexus que Ana.

Estuve la semana entera sumido en una melancolía profunda. El recuerdo de  aquella tarde en que tocamos “Two of Us” avivó ese sentimiento. Me sentía como una especie de paciente psiquiátrico, recluido en una habitación y alejado del mundo. La soledad era lo único constante y real en mi vida, en la vida de un desempleado soltero, sin dinero, sin amigos y sin pareja.

Esos días en particular, el mundo me resultaba más pesado. Se cumplían dos años desde el fallecimiento de papá y, dicho sea de paso, también cumplía dos años desempleado. Mi padre murió un viernes, y yo me quedé  sin empleo el lunes de esa misma semana. El día anterior a su muerte, estuve en casa tomando un café que él preparó. Aún hoy sigo sin creer en la fragilidad de nuestros cuerpos y en lo inconscientes que somos al respecto. Fui a visitar a mamá, cuando abrió la puerta, la encontré bastante envejecida, daba la sensación de haber caído en un espiral temporal y dado un salto de años en el tiempo, no recordaba a mi madre así de anciana, aunque era consciente de que ya lo era. La casa parecía sumida en la soledad,  cada habitación resultaba  más fría que la anterior, como si el tiempo también hubiera hecho estragos con el aire en esas paredes, afuera llovía, con tanta fuerza que las tejas crujían y no dejaban escuchar el silencio del interior. Mi mami me pareció incluso más sola que yo, supe entonces  que la melancolía de mis días no era mía, sino hereditaria. 

Hablamos de Ana, y de un par de tíos que ella solía visitar. Luego, mamá  me dio algo de dinero, y estuve sintiéndome mal  por verme en la penosa posición de tener que recibirlo. Le prometí que un día le devolvería todo lo que había hecho por mi, ella sólo sonrío

-No se preocupe papito – contestó, con sus ojos tristes fijos en mí, y con la voz cargada de una tristeza que aún no logro descifrar . Ese es el último recuerdo que tengo de mamá. Falleció  la siguiente semana. Fue una muerte tranquila: se acostó a dormir y no despertó.  Cuando intenté llamarla ya estaba muerta, uno de mis tíos,  que tenía llaves de la casa,  fue quien la encontró. 

Durante el funeral de mamá, llamaron para decirme que resulté  ganador de la convocatoria y que podría ocupar un cargo como corrector en la redacción del medio. Agradecí a mi madre en silencio, convencido de que, de algún modo divino, ella había intervenido en mi elección.

Fueron dos días llenos de incomodidad y fastidio. La familia que asistió pasó casi todo el tiempo compartiendo recuerdos entre ellos, sólo hablaban de Nexus,  de los videos que habían subido, de los recuerdos que recuperaron. El funeral de mamá, casi como cualquier otro,  fue solo un telón de fondo para sus propios reencuentros. Yo estaba consumido en un dolor inconmensurable que nadie entendía. 

Ana parecía muy afectada, pero a la vez ajena a la realidad, ajena a la muerte y, sobre todo, ajena a mí.  Fui incapaz de estar mucho tiempo a su lado, e incluso de hablarle más de lo estrictamente necesario. Cada vez que intentaba acercarme, sentía una barrera invisible entre nosotros. Todo eso generó en mí una fuerte depresión. Era una ridiculez pensar en lo cercanos que habíamos sido toda la vida, y lo lejanos que parecíamos el día que tuvimos que enterrar a mamá.

 

Agradecí a Dios por mi nuevo trabajo. Fue como un salvavidas en el mar de la depresión y el sin sentido que dejó la pérdida. A menudo, quedaba sin mucho por hacer, pues al estar desempleado tanto tiempo, solía tener energía de sobra y terminaba mis actividades antes de tiempo. Para no quedarme a solas conmigo mismo, salía a dar largas caminatas por el parque metropolitano. Entre semana, resultaba un espectáculo asombroso: tanta naturaleza en medio de la ciudad, y tan pocas personas para disfrutarla.

 En una de esas caminatas encontré sentado en una banca a Javier, tuve que mirarlo un par de veces antes de estar seguro que era él , me acerqué , con una mezcla de pena y emoción, como si ese encuentro inesperado fuera un regalo en medio de la monotonía

 

-¿Javier? ¡Qué sorpresa! – Dije tratando de sonar casual. Él levantó la vista, pero su mirada vacía sólo hizo notar lo indiferente que le resultaba mi presencia

-¿Perdón? – contestó con una voz lejana y casi robótica

-Soy yo, Misael, el de Two of Us. Tocábamos mucho juntos, no creo que esté confundido – 

Javier, visiblemente extrañado frunció el ceño como tratando de recordar algo que ya no estaba ahí. 

-Amigo, qué pena, pero no lo tengo presente. Sí,  soy Javier, y eso me sorprende, pero no lo  conozco- me dijo antes de volver a su abstracción 

 

Después de escuchar  eso, estuve allí parado frente a él, con la sensación de que algo no estaba bien, y el mundo se hundiría bajo mis pies. 

 

Esa noche no pude dormir. La pasé leyendo y viendo noticias en redes,  fue entonces cuando descubrí lo que había pasado con Nexus. Millones de usuarios se quejaban porque los recuerdos subidos a la aplicación comenzaban a borrarse de sus mentes. No solo eso: les diagnosticaron una amnesia progresiva. Perdieron  la emoción, las sensaciones y las imágenes que les generaba haber vivido lo que habían subido a la plataforma.

Los testimonios eran innumerables y desgarradores: “Esta es mi mamá, y ya no recuerda ni cómo me llamo”, “Mi esposo ya no sabe quién soy”, “No puedo recordar el rostro de mi hijo”. Todos coincidían en lo mismo: los usuarios activos de Nexus comenzaban a olvidar lo que la plataforma extraía de sus pupilas.

Investigando más a fondo, encontré explicaciones científicas que intentaban dar sentido al caos. Al parecer, el proceso tecnológico de Nexus, incomprensible para mentes como la mía, alteraba la estructura cerebral de los usuarios. La extracción de recuerdos a través del escaneo ocular provoca una dilatación anormal de las células neuronales y un desgaste acelerado de la corteza prefrontal y el hipocampo. Las radiografías de los afectados mostraron patrones similares a los de pacientes con Alzheimer: áreas del cerebro vacías, como si alguien hubiera borrado partes enteras de su mente. Casi el 98% de los usuarios activos de Nexus padecieron  algún grado de este deterioro.

Ana era usuaria fundadora. Leer cada testimonio me estremecía por dentro. De inmediato intenté contactarla, pero fue imposible. Pasaron días de angustia hasta que, finalmente, supe que había sido internada en un centro asistencial para personas que quedaron  a la deriva de su memoria..

Han sido cinco años de padecimiento, pero el trabajo me ha mantenido vivo. El mes pasado se cumplió un año más sin mamá. Aún hoy, Ana no sabe quién soy. Suelo visitarla los domingos, casi la totalidad del tiempo me ignora, pero a veces,  de manera repentina y casi milagrosa, me reconoce por breves períodos. Me mira sonriendo y me dice:

—¿Te acuerdas cuando Inés, la vieja chismosa que vivía frente a mis abuelos, se quedó desnuda por fuera de la casa?

 

“La belleza siempre estuvo en nuestra imaginación, como cualquier cosa que el paso del tiempo acaba idealizando.”

Elíasescribe

Elíasescribe

Writer & Blogger

Related Posts:

  • All Post
  • Ficciones
  • Impertinencias
  • Reflexiones

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El Autor

Hola, soy Elías

Experimento escribiendo.

Post Recientes

  • All Post
  • Ficciones
  • Impertinencias
  • Reflexiones

Destacados

  • All Post
  • Ficciones
  • Impertinencias
  • Reflexiones

Categorias

Edit Template

El fin de las páginas es el comienzo de otra cosa. 

© 2025 Elías escribe