Sobre la vulnerabilidad

Carla se acercó nerviosa al podio frente a la clase llena de desconocidos. Llegó tarde, es su primer día como profesora universitaria, repetírselo en la mente la estimula -Carla, profesora universitaria-. Si su papá hubiera vivido lo suficiente para verla se habría asombrado, él estaba seguro de que ella no servía para nada que no fuera sexual.  Había ensayado su discurso, lo ensayó las semanas previas a las que le confirmaron su admisión e incluso desde mucho antes cuando apenas era todo una meta ficticia, pero la más indudable seguridad imaginaria siempre tiembla al enfrentar la compleja realidad. 

-Hola … soy Ca… Carla – dijo mientras subía los escalones, justo antes de tropezar sobre su propio pie y caer estrepitosamente al suelo 

Las risas de los estudiantes retumbaron en sus oídos como ecos del averno, y Carla sintió que el calor le subía hasta las mejillas. Se levantó torpemente, de pronto ya no se sentía la orgullosa catedrática, sino una niña diminuta ante la vergüenza. Tomó una profunda bocanada de aire, y dijo 

-Bueno, eso fue totalmente intencional… y ahora que tengo su atención quisiera comenzar –

La clase rió más, y en la esquina del salón se levantó un chico compadecido por los enormes senos y la oscura belleza de su nueva profesora

– ¿Fue una clase sobre cómo aprender a romper el hielo? – dijo con un sarcasmo dulzón y mirando coquetamente a Carla, que por el impulso de pena y la cordialidad del gesto  le devolvió la coquetería en la mirada 

-El compañero – dijo, señalándole – ¿Cómo es tu nombre?

-Julio – contestó – Julio Nava

-Julio tiene un punto, ¿Por qué no dedicamos esta clase a compartir aquello que nos genere profunda vergüenza? Como una caída en tu primer día, por ejemplo  

Y entonces las risas cambiaron por quejas en murmullos 

-No es tan grave muchachos – repuso – si quieren comienzo yo, para que vean. Una vez, mi papá descubrió que yo salía con un señor mayor por dinero.

El salón se quedó en silencio

-No me bajó de prostituta, el señor era mayor que él, entonces pueden imaginar cómo se escandalizó. Luego resultó qué mi papá se infartó, y mi mamá dijo que era por mi – y mi vagabundería- yo amaba profundamente a mi papá, lo amó todavía,  y nunca pensé que algo tan tonto podría generarle una pena tan grande… Ahora, gracias a la relación con el señor mayor pude pagar mi maestría, gracias a la maestría me becaron para el PHD, y gracias al PHD estoy aquí cayéndome al suelo al cumplir mi deseo de ser profesora universitaria  … – El salón seguía en absoluto silencio – ¿Ven lo fácil? – cuestionó Carla, recordando esas fotos con su padre, le conmovía en particular una vieja fotografía en la que ella tenía un año y su papá la alzaba sonriendo, contrastaba esa sonrisa con la profunda cólera que tenían sus ojos el día que la descubrió. Estuvo a punto de contar que lloraba una vez al mes mirando esa fotografía, pero se contuvo.  De pronto, Ana, una alumna que se inspiró con el relato aclaró la garganta y habló sintiéndose observada por todos

-Bueno, mi momento incómodo no fue tan dramático como el de la profesora Carla, pero igual me marcó- comenzó, jugando con un mechón de su cabello, como coqueteándole a la nada. -Fue en mi fiesta de quince años. Estaba bailando el vals con mi tío, ese momento extraño que todas las quinceañeras viven – Hizo una pausa, mordiéndose el labio.

-El problema fue que mi vestido era… demasiado escotado, y mi tío, como toda mi familia, bebió mucho ese día- Mientras bailábamos, su mano empezó a bajar por mi espalda, cada vez más abajo, hasta que… rozó mi trasero, no sé si fue intencional o no, hasta hoy me lo cuestiono- un murmullo incómodo se extendió por el salón. Ana se sonrojó, pero continuó – no supe qué hacer. Me quedé congelada, sintiendo cómo la mano de mi tío se apretaba un poco más.  Sentí que todos nos miraban, pero nadie decía nada. Mi mamá sonreía desde la mesa principal, como si todo fuera normal – Ana tragó saliva, su voz tembló ligeramente. – Al final, me separé de mi tío y salí corriendo al baño. Me encerré en un cubículo y lloré durante quince minutos. No podía creer lo que había pasado. Me sentía avergonzada, traicionada. Lo peor fue que al salir, la fiesta había continuado con toda la normalidad, y nadie nunca habló de ese suceso, hasta hoy- 

Hizo una pausa, mirando al suelo. -Nunca lo mencioné a nadie.  Pero bueno, me animé a socializar – dijo riendo 

Un silencio respetuoso llenó el salón. Algunos miraban a Ana con admiración y otros con empatía. Salvo Ayaso, un estudiante extraño que miraba disimuladamente el trasero de Ana tratando de entender el impulso de su tío.  Carla, desde el podio, asintió con la cabeza

– ¿Es curioso no? – preguntó Carla a la clase – Como esta historia quedó en el sepulcro del silencio hasta hoy, te avergonzaba contarla, aunque la vergüenza no debe ser nuestra carga sino la de aquellos que nos hacen daño – 

 Ana estaba ida, recordando el momento. Se le vino a la cabeza una imagen de ese día, cuando salió de llorar del baño y encontró a su mejor amiga Lorena, besando apasionadamente a su otro tío borracho, fue como si cumplir quince años hubiera sido una relevación absurda sobre el peso de la realidad y la impulsividad del ser humano. La visión de Ana fue interrumpida por la intervención de Marcelo, un muchacho taciturno y enclenque que parecía traumatizado 

-Mi momento incómodo, más bien perturbador, sucedió hace un par de años. – intervino sin aviso, y luego miró como excusándose –  Estaba en una fiesta, de esas donde todos beben demasiado y las cosas se descontrolan – Hizo una pausa, mirando a su alrededor como esperando que alguien riera, pero el silencio lo hizo sentir incomodo – Conocí a una chica, me pareció fantástica, misteriosa. Bailamos, hablamos, tuvimos química – ¿Usted habla con las viejas? … Yo no me imagino a Marcelo bailando, interrumpieron los comentarios y las risas inundaron el salón 

-Bailo mejor que usted sapo – Oooh, se escuchó entre la multitud, déjenlo seguir contando que quiero saber el trauma de Marcelo, dijo otro, bueno ya dejen a su compañero hablar, interrumpió Carla, las risas se apagaron en tiempos diferentes.

– Bueno- continuó Marcelo -Terminamos en su apartamento, las cosas se pusieron calientes – Marcelo se humedeció los labios, un brillo extraño se posó en sus ojos, extinguiendo los impulsos de burla de los compañeros – Pero mientras estábamos en pleno acto, ella empezó a gritar, a retorcerse. Al principio pensé que era parte del acto, pero luego me di cuenta de que algo andaba mal. Sus gritos se volvieron guturales, sus ojos se pusieron en blanco. Me asusté, intenté detenerme, pero ella me arañó, me mordió, y saltaba sobre mí con tanta furia que yo apenas sentí como se me doblaba de dolor. Fue como si estuviera poseída – un silencio se apoderó del salón. Algunos estudiantes miraban a Marcelo con horror, otros con morbo. – En un forcejeo, logré zafarme y salí corriendo de ahí. Nunca supe qué le pasó a esa muchacha, si estaba drogada, si tenía algún problema mental… Pero eso me marcó, no he podido  estar con nadie desde entonces, y a veces sueño con su rostro contorsionado, y sus gritos. – Marcelo terminó su relato con una risa nerviosa. -Ese fue mi momento más incómodo, o más bien, mi experiencia más perturbadora. Nunca la conté tampoco hasta hoy

-Se culeo con el diablo Marcelo- interrumpió otro estudiante – con razón es así todo traumado – Algunas risas trataron de escapar, pero la incomodidad en el salón era palpable.

 Carla, desde el podio, sentía una mezcla de repulsión y fascinación. Estaba claro que la dinámica había tomado un giro, y no sabía si era capaz de controlarla. Miró a Marcelo, y notó cómo él estaba concentrado en sus senos 

Tocio – Bueno – siguió hablando – gracias, Marcelo, algo inesperado, pero hace parte del ejercicio 

Marcelo estaba concentrado en los senos de su profesora, de pronto pensó que esa muchacha de la fiesta se parecía mucho a ella, y sintió que su miembro se endurecía bajo su pantalón. Ana se dio cuenta que Marcelo estaba teniendo una erección, y pensó que había estado ignorando una parte importante del mundo y sus impulsos desde los quince años. 

Una chica llamada Valeria, conocida por su excelente promedio en semestres pasados y su timidez pidió la palabra 

“He descubierto, y me he convencido de que la vida y la muerte no son más que lo mismo, pero en estados diferentes.”

-Eh, bueno, esto es extraño pero… – respiró profundo – resultó que conocí un tipo por internet, en una aplicación que trataba de conectar personas alrededor del mundo, era neerlandés, y me parecía fascinante, desde que hicimos match hablamos todos los días durante un año, le compartía todo, lo que comía, fotos de mi familia, realmente confiaba en él, sentí que era la única persona en el mundo que podía escucharme, entenderme, valorarme, me acostaba tarde esperando sus mensajes, y despertaba recibiendo sus mensajes, digamos que me sentí, comprendida, feliz. –  El salón atendía, nadie se atrevía a interrumpir – después de tanto hablar, él me dijo que me amaba, que realmente me amaba, que yo era la única mujer en el mundo que podía entenderlo, me pidió que tuviéramos una relación a distancia y que ahorráramos para encontrarnos un día y poder estar juntos. Yo accedí, me pareció la propuesta más romántica de todas, comenzamos una relación. Atravesamos todas las barreras, nos enviábamos fotos explicitas, a veces me pedía cosas locas pero la confianza era tal que no tenía problema con enviarle videos haciendo lo que me pedía, a veces me reclamaba que no le pidiera videos, pero realmente no me interesaba mucho, sólo disfrutaba nuestra comunicación. Y así fue hasta que un día me pidió que le enviara un video matando un gato, y que lo hiciera desnuda. – ¿Qué putas? Interrumpió una voz de algún estudiante – Exacto, pero en mi amor por él, sólo buscaba  complacerlo. – ¿En serio? Los murmullos en la clase comenzaron a ir de un lado a otro. – Entonces, vi el gato del vecino. Y lo entré a mi habitación sin que nadie lo notara, me desnudé, y lo apreté con fuerza mientras me grababa, estaba pensando cómo debía matarlo, sentía su delgado cuello hundiéndose entre mis uñas, pero no fui  capaz de apretar con furia, me daba impresión y entonces entró mi hermano a la habitación y me vio desnuda, forcejeando con el gato y con la cámara del teléfono apuntando. Recuerdo que sólo gritó –¿Qué mierda hace? – y luego toda la familia se dio cuenta. Me puse a llorar mientras les contaba. Después mi hermano lo increpó, él sólo respondió – Tu hermana es una niña tonta, insegura, inmadura y loca. Y me bloqueó-. Nunca supe más de él, y vivo con el miedo de que todo lo que le envié este dando vueltas por internet – los susurros no se detenían.  

Algunos la miraron con pesar, y otros con desprecio, había una discusión constante entre si tenia o no sentido a dónde la habían arrastrado sus acciones.  Valeria parecía haber soltado una carga muy pesada, Carla la miró con ciertas dudas, pero acabó sonriendo con agradecimiento, estaba buscando una a una las palabras que saldrían de su boca cuando un estudiante llamado Gabriel intervino 

– No sé si la mía pueda calificar como momento incomodo – dijo mirándolos a todos y poniéndose de pie – porque no es algo que haya compartido con alguien, a veces incluso siento que ni siquiera he sido lo suficientemente honesto conmigo mismo – La introducción de Gabriel anticipaba un desafío a los límites de la comprensión, algunos incluso sintieron escalofrió subir por su espalda. 

– Desde que era niño he tenido… – se quedo un rato en silencio – una relación peculiar con los objetos inanimados.  – de nuevo los murmullos se abrieron paso, para algunos la confesión fue tan extraña que ni siquiera entendían lo que habían escuchado – digamos que – continuó Gabriel – siento una conexión profunda con los objetos que me rodean. Puedo sentir sus emociones, sus historias, sus deseos. – Gabriel comenzó a bajar el tono de su voz – cuando estoy solo, en alguna habitación, en algún lugar hablo con los objetos, les pregunto como están, indago sus historias, incluso les pido consejos – No hubo un solo murmullo, los estudiantes se miraban entre sí con caras de incredulidad y burla, algunos con preocupación – Sí, sé que parece extraño, algunos dirán que estoy loco, pero para mí es real. Los objetos se convierten en mis amigos, mi familia. 

– Pero ¿cómo así? – cuestionó alguien – ¿Usted se refiere a cualquier objeto? 

-Sí – contestó Gabriel – digamos, cuando estoy triste abrazo a mi almohada, y siento su suavidad, su calor, me siento reconfortado. A veces hablo con la lampara, es como mi mejor amiga, me sube el ánimo escucharla, incluso hay objetos que me caen mal. Una vez, a casa llegó un gorila de plástico, nunca pude entenderme con él, era muy imponente y cerrado, como hablar con un militar super autoritario, hay otros objetos que me ayudan profundamente, como la perilla de la puerta, ella me cuenta que percibe las emociones de las personas cuando la tocan, cada vez que abro la puerta sabe exactamente que estoy sintiendo, es una especie de terapeuta. – nadie se atrevía a interrumpir a Gabriel – es más, mi primer amor fue la impresora, la conexión entre ambos iba más allá de lo espiritual, nunca amé de nuevo así. Cuando se quedó sin tinta la apilaron en ese cuarto que todas las casas tienen de cosas que no se usan, yo me metía sólo para visitarla. Me rompía el corazón imaginarla sola en esa habitación. 

Una carcajada sonora retumbo en el salón, Tatiana, una de las más conocidas de la facultad, no podía parar de reír – No puedo, ¿en serio? – continuaba riendo – eso no tiene sentido. Se tapaba la cara con el cuaderno. Gabriel miró el cuaderno y sintió pesar por él, se notaba incomodo, cansado de estar todo el día entre las cosas de Tatiana. 

Los murmullos reaparecieron, pero nadie más se atrevió a burlarse de Gabriel, Carla sin tener certeza sobre la realidad del relato, pues podía ser sólo un sarcasmo de mal gusto, se limitó a decir -Todos tenemos formas diferentes de relacionarnos con el mundo – 

-Creo que lo mío es más o menos similar – agregó uno llamado Tomás con voz profunda y resonante antes de que se pudiera indagar demasiado en su compañero – Es algo que he ocultado durante años, por temor a ser juzgado y marginado. Pero de pronto el paso que dio Gabriel es el impulso que necesitaba –

Un silencio expectante llenó el aula. Tomás prometía una confesión oscura que querían escuchar. Unos se miraron a los otros como diciéndose -otro loco- 

-Desde niño – continuó Tomás – he tenido una obsesión… con la muerte – La declaración de Tomás fue  tan inesperada que incluso algunos se asustaron al pensar que coleccionaba cuerpos en la nevera de su casa 

– Pero, no es lo que están pensando, no soy asesino, y tampoco es miedo a la muerte –   explicó Tomás. – Es más bien una fascinación, una atracción irresistible hacia lo desconocido, hacia el misterio que envuelve el fin de la vida – Tomás hizo una pausa, como si estuviera saboreando cada palabra. – He pasado horas en cementerios, leyendo las lápidas, imaginando las vidas de aquellos que descansan bajo tierra. He coleccionado objetos relacionados con la muerte: calaveras, huesos, fotografías de autopsias, instrumentos de tortura. – un murmullo de horror recorrió el aula. Algunos estudiantes desviaron la atención, incapaces de soportar la crudeza de las palabras de Tomás. – He investigado sobre rituales funerarios, sobre las diferentes formas en que las culturas han lidiado con la muerte a lo largo de la historia. Incluso en mis tiempos libres me paseo por las funerarias, entro a visitar muertos al azar, finjo que los conozco, me quedó minutos viéndolos dentro de sus cajones, no me fijo en nada más, comienzo a fantasear que asisto a mi propio funeral.  – Tomás hizo una pausa, sus ojos brillaban con un fuego extraño – Creo que he experimentado con la muerte en mis propios términos. He participado en rituales oscuros, he explorado los límites de mi propia mortalidad. Mi fascinación es desvivirme en las noches, sentirme un poco del otro lado. He descubierto, y me he convencido de que la vida y la muerte no son más que lo mismo, pero en estados diferentes. – Tomas parecía cada vez más excitado por las palabras que salían de su boca, pero el silencio se apoderó del aula. La historia había dejado a los presentes con una inquietud palpable y una repulsión instintiva. 

Gabriel sonrió, entendiendo a la perfección, quería acercarse a Tomas, y pedirle permiso para visitar con él las lápidas, la idea de hablar con una lápida o con un ataúd lo llenaba de emoción. 

Carla, desde el podio, sentía una mezcla de horror y encanto. La historia de Tomás desafiaba los límites de la moralidad y la ética.

-Tomás – intervino Carla con voz temblorosa – eso fue inquietante 

Tomás sonrió con una mueca sardónica.

-La verdad, no espero que lo entiendan – dijo. – solo quiero que sepan que la muerte es una parte inevitable de la vida. Y que ignorarla o temerla es negar nuestra propia existencia.

Alguien tocio al fondo, no se había acabado de digerir la historia de Tomás, cuando Juliette tomó la palabra 

-Quiero agradecerle profesora Carla por esta dinámica, y a mis compañeros porque con sus historias me han dado valor para contar la mía – los alumnos estuvieron en silencio – tengo una adicción, tener una adicción es algo muy difícil, sobre todo para la familia. Ellos son quienes sufren las consecuencias en carne propia, y lidian con uno, puedo decir que me encuentro en rehabilitación – muchos se miraron asombrados, no podían creer que Juliette fuera una adicta, no tenía ni un solo estrago visible en su cuerpo – pero mi adicción no es convencional – se miraron algunos como dando signos de comprensión al problema – soy adicta a intentar suicidarme sin morir. –  las miradas confusas iban de un lado a otro – me encanta probar suicidios pero lo hago con la intención de quedar viva, todo comenzó un día que una prima me contó como su mejor amiga intentó quitarse la vida, pero fracasó, yo le dije que se necesitaba ser muy estúpido para intentar suicidarse y no conseguirlo, ella me recriminó, ¿cómo me atrevía a decir algo así? , entonces me propuse a demostrar que podía intentar muchas veces suicidarme, pero que no lo iba a conseguir hasta que realmente no quisiera hacerlo. –  la explicación no terminaba de convencer a los presentes que se miraban como si todo fueran invenciones de Juliette – inicié con pastillas, dos veces, en ambas ocasiones sobreviví después de un lavado de estómago, probé también la auto asfixia, ingiriendo artículos con la intención  de que quedaran alojados en mi tráquea, me lancé de un vehículo en movimiento, jugué la ruleta rusa, pero solo me atreví a hacer dos intentos, no he intentado ahorcarme porque me da miedo tener éxito, se que suena raro, pero me gusta sentir que me puedo morir, sin embargo no me atrevo a morir realmente. ¿Me logran entender? – nadie creía lo que acaba de escuchar, de pronto alguien interrumpió 

-Juliette, ¿Cuántas veces lo has intentado? –  preguntó el curioso 

-He perdido la cuenta, pero es una adicción, cuando me siento vacía mi cuerpo me lo pide, y vuelvo a intentarlo. La última vez fue durante el viaje familiar a la costa, estas vacaciones que acabaron de pasar. Me lancé al mar, cuando íbamos en la lancha hacia una isla, lo hice porque sabía que me rescatarían – el silencio fue interrumpido por algunas carcajadas tímidas

– ¿Cuál crees que fue el intento más extraño que tuviste? – preguntó otro 

– Una vez intenté beber hasta morir, como le pasó a Amy Winehouse, pero me dio un ataque de paranoia, y luego perdí el conocimiento. Amanecí en el hospital, y me estaban asistiendo – 

– ¿Alguna vez estuviste muy cerca? – se escuchó la pregunta sin saber de quien provenía 

– Sí, la vez que me corté las venas en el baño – Juliette descubrió sus muñecas y tenía cicatrices visibles – pensé que moriría, creí perder el conocimiento muy rápido, pero en un último aliento grité con las fuerzas que me quedaban y mi hermana logró escucharme 

. Juliette – dijo Carla – ¿crees que lo intentas por que sientes algún tipo de depresión y desapego? ¿Algún vacío? – cuestionó con preocupación 

-No, por el contrario, estoy muy conforme con mi vida, me siento feliz y no quisiera morir, pero es una adicción profesora, y como cualquier adicto no tengo control sobre mis impulsos. Mi adicción es esa: intentar suicidarme. A mi familia también le cuesta entenderlo. 

La historia de Juliette pareció una sentencia para culminar la dinámica, que ya parecía ir muy lejos, pero entonces Ayaso interrumpió 

-Bueno, creo que con todo lo que ha pasado, puedo también contar mi historia – Ayaso era extraño, la mayoría de los estudiantes lo tenían en un concepto poco favorable, la idea de que el loco de la clase contaría una historia rara resultaba mórbida – una vez intenté abusar sexualmente de la empleada del servicio. – puntualizó sin mayor contexto. – Las voces comenzaron a surgir todo fue repulsión y miedo – Pero, no me vean como un loco, era adolescente, y estaba convencido de que ella se me insinuaba, entonces un día decidí entrar en su habitación mientras se cambiaba, al verla desnuda no me pude contener, ella gritó y mi madre escuchó. Estuve en terapia todo el año. – el silencio continuaba – lo cuento porque es una carga, cuando haces algo malo y te arrepientes se convierte en una carga, que también necesitas soltar. 

Ana lo miró con cierta incomodidad, de pronto sintió que Ayaso se parecía a su tío. 

-Creo que ha sido un ejercicio extraño- dijo Carla sentada sobre el escritorio – un buen comienzo para conocernos, pero también tenemos que hablar de la materia, aunque si me acercaré luego a algunos de ustedes. Otro día podremos retomar. – trató de ser cortante, e introducir inmediatamente los por menores de la temática que verían en el año.  

Gabriel miró el escritorio, quería quedarse al final en el salón y hablar con él, preguntarle qué otras clases incómodas había presenciado o que sentía al tener el culo de la profesora en la cara. Marcelo estaba fascinado con Carla, no dejó de fantasear desde que se fijo en su escote, Ana pensaba en su tío desde que lo revivió en su memoria se quedó incrustado como un recuerdo amargo, de pronto sólo quería salir de ese salón, que le recordaba el salón de sus quince años porque todos continuaban con sus vidas después de la incomodidad, Tomas pensaba preguntarle a Juliette si acaso en sus repetidos intentos de suicidio no se había muerto un rato y vuelto, Juliette pensó que Ayaso le recordaba a su ex novio neerlandés, los cotorreos entre los demás estudiantes iban y venían, y en el fondo del salón Julio Nava estaba en silencio, reflexionado sobre la vulnerabilidad de sus impulsos, impactado por ese afán antinatural que sintió de confesar que era una asesino de mujeres escotadas, y agradecido porque la profesora cambió el tema a tiempo. 

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