El último mundo

¿Qué hay más insoportable que una realidad indeseada? Una imaginación corta y perezosa.

Una vez tomé un servicio de Uber. El conductor me resultó una persona empática y fascinante. Decir que alguien es fascinante es difícil; pocos reconocen la fascinación en los demás. Cometí la imprudencia de preguntarle por qué le gustaba realizar ese trabajo, algo que me he planteado cada vez que la escasez toca la puerta. Entonces, con su alma completamente desnuda, me contestó:  -Mis hijos fallecieron en un accidente hace dos años. Si me quedo en casa, me deprimo. Prefiero hacer esto, o cualquier cosa. Con mi esposa nos tenemos el uno al otro, y estamos sacando la vida adelante-

Sentí un temblor en mi interior. La pena se hizo tan profunda que no supe qué contestar. Él continuó hablando, tal vez por la costumbre de encontrarse con silencios incómodos después de confesarse. Me contó que sus hijos habían acabado la universidad recientemente. Siendo el padre, los veía como almas puras. No se explicaba cómo a ellos les había tocado partir tan temprano de un mundo en el que las personas malas aún seguían respirando nuestro mismo aire. Mencionó la cantidad de gente que merecía irse al infierno y seguía aquí. Se me ocurrió decirle: “Quizás el infierno es este.” Me miró con cara de agradecimiento, como si esa simple respuesta le hubiese dado el sentido que buscaba.

Luego habló de la imaginación, de los sueños, de lo que se desmorona dentro de él cada vez que abre los ojos y despierta en el infierno después de estar viviendo un sueño con sus hijos. Me dijo que incluso su esposa los veía a diario, les hablaba, y él optaba por no sacarla de esas imaginaciones. Porque sacarla de allí era traerla aquí, al infierno en el que ellos no están. En cambio, le gustaba abrazarla y seguirle la corriente.

Me sentí extraño al darme cuenta de mi propia naturaleza, de cómo yo también había creado mundos para escapar de una realidad que a veces duele. Y es que existen mundos que no están hechos ni de tierra ni de cielo, sino del instante en que la vigilia se desdibuja, o la realidad se hace pesada. Yo concurro esos mundos donde todo es posible y nada duele, donde el tiempo se suspende como la luz del atardecer, que parece durar eternamente antes de desvanecerse en la noche. En uno de esos mundos, te encontré. No eras exactamente tú, pero tampoco eras otra. Llevabas otro cuerpo y otro rostro, pero conservabas tu nombre, tu esencia y tu forma de mirarme. Te llamé la del Mundo 840, y aunque sabía que no eras real, te quise como si lo fueras, con la misma intensidad de una canción que nos estremece y  hace cerrar los ojos.  Esta es la historia de este mundo, y de todos los que vinieron después, de todos los que inventé para encontrarte, para encontrarme, para seguir respirando en un mundo que a veces duele demasiado.

 

La otra tú

Éramos dos peces nadando en un río inexistente, un río de luz y sombra, donde el agua diáfana me permitía verte brillar desde el otro lado. No tenías mirada, porque los peces no miran, pero tu presencia convertía el agua en una cálida corriente que me guiaba. Tampoco tenías voz, porque los peces no hablan, pero el movimiento de tus aletas era un lenguaje que solo yo podía entender.

Creo que nadamos juntos una eternidad o dos, sin preguntas, sin respuestas, solo el ritmo tranquilo de nuestros cuerpos escamosos deslizándose en el agua. No eras tú, pero lo eras, como la vez que fuiste en otro mundo una delgada mujer con heterocromía y sin cintura, pero igualmente cautivadora, que sin ser quien decía ser era todo lo que eres. Extraño tu versión pez y tu versión heterocromática.

Estuve pensando un rato al despertar en la madrugada: ¿Qué seríamos en el próximo mundo? Quizás bengalíes, o tal vez mirlos, o dos olmos cuyas raíces se abrazan bajo la tierra. No importa. En cualquier forma, en cualquier mundo, te encontraré y sabré quién eres.

Nuestro Mundo 

Nuestro mundo era perfecto. No porque careciera de defectos, sino porque la perfección, por obligación, está plagada de imperfecciones preciosas. El cielo siempre estaba anaranjado, y nunca se sabía cuándo se ponía el sol. Los árboles no crecían hacia arriba, sino en espirales, moldeados como verticilos imaginarios. Y tú, en el centro de todo, con una sonrisa que aún hoy no sé si era tuya o era mía, pero que llevaba tu nombre.

¿Te acuerdas cuando descansamos en esa playa de arena blanca? Llevabas un interior más blanco que la arena. Las olas no rompían sin antes susurrarnos motivos para seguir viviendo. Me hablabas de cosas que sonaban a música, y yo te escuchaba con la misma intensidad con la que te quise en el mundo anterior, cerrando los ojos y estremeciéndome. Al final, nuestro idilio de espirales y naranjas no estaba hecho para durar, solo para brillar, arder y desaparecer. ¿Acaso también para volver?

Una vez me preguntaste si prefería quedarme allí para siempre. No supe responder de inmediato. Ahora lo sé: no. No lo preferiría. Porque lo que hace hermoso a nuestro mundo es que no existe. Y lo que te hace hermosa a ti es que, en algún sitio, sí. Aunque también sé que, cuando esta vida se hace un infierno, podré cerrar los ojos y regresar a visitar, con la convicción de que en algún lugar y en cualquier instante, todo es posible para nosotros. Y que al final no habrá más que canciones: las que escuchamos juntos, las que llegan a nuestros oídos y las que aún nos quedan por cantar.

La fragilidad

No hubo aviso, ni un adiós ni un portazo. Ocurrió un día de repente: tus palabras dejaron de llegar. Pensé que era un error en la codificación de nuestro espacio, un problema en la matrix del mundo que habíamos configurado, pero luego hubo un silencio que se extendió hasta el interior de mis pensamientos. El cielo anaranjado se volvió opaco. Los árboles se hicieron polvo. La playa se quedó vacía, con tus huellas en la arena.

Inicié la búsqueda más exhaustiva. ¿Sabes lo difícil que es caminar por un mundo entero? Llamé tu nombre en cada pista que tuve. Y cuanto más te buscaba, más comprendía que no eras tú lo que se había ido, sino la posibilidad de ti. La idea de que podíamos existir juntos  en algún lugar donde las cosas imposibles son una realidad tangible.

Al final, no tuve más que  regresar a otro mundo vacío. Y en el vacío comencé a reconstruirte. No como eras, sino como podrías ser. Una versión tras otra, cada una con tu nombre, tu esencia y mis dolores. Y así han nacido todas tus versiones. O todas mis versiones de ti. Y aunque ninguna eres tú, todas tienen algo que se le parece, algo que me recuerda que, incluso en la ausencia, sigues teniendo un lugar demasiado importante: demasiado literario.

El despertar

Desperté en la madrugada; el eco de tus versiones aún resonaba en mi mente. El cielo por la ventana no era anaranjado, ni siquiera azul o morado. Era tan indescifrable y oscuro que daba la impresión de que el mundo real se resistía a ser hermoso. Una pequeña luz parpadeaba suavemente, como un faro en medio de las horas más oscuras, ajena a los mundos que había visitado. Me senté con una taza de café entre las manos y sonreí al entender la ironía: aquellas versiones tuyas que había creado no fueron para encontrarte, sino para encontrarme a mí mismo. Me había perdido tanto tiempo como te habías ausentado. La pequeña luz parpadeante era el constante recuerdo de que, si esto es el infierno, incluso en medio del fuego hay razones para no quemarnos.

Cuando el sol comenzaba a asomarse por la ventana, decidí escribir sobre ti. Pero no para escapar de esta realidad de cielos horripilantes, sino para abrazarla. Porque aunque nuestro mundo no existe, y tú no eres ninguna de mis versiones, las palabras son el único lugar donde los sueños pueden vivir para siempre. Y tal vez sean mis palabras las que algún día te abracen de verdad.

Las Palabras

Las palabras son el fin. El último refugio de los pensamientos, la última transformación a la que aspiran las ideas. No son un mundo, ni un sueño, tampoco un recuerdo. Son algo más frágil, y a su vez más eterno. Escribo sobre ti no porque tenga sentido, sino porque lo necesito. Porque hay algo en la fragilidad que sólo las palabras pueden sostener. Y aunque sé que estas líneas no reconstruyen los mundos que se desvanecen, son el único lugar dónde lo imposible puede respirar.

“En cualquier forma, en cualquier mundo, te encontraré y sabré quién eres.”

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